Ya ves... otra vez llegaste tarde
Esta vez no quise hacer nada más, ni destapar una cerveza, ni abrir una botella de whisky, ni huir, solo me senté en silencio, encendí un cigarrillo y volvieron sus ultimas palabras “Ya no, nunca funcionó, gracias por todo”. El cigarro se consumió entre mis dedos igual que mi esperanza, reaccioné cuando la brasa me quemó los dedos y comprendí que ella ya estaba en otra sintonía, me serví un vaso con agua y me lo bebí como un condenado a muerte, me serví otro, me lavé los dientes y me fui a acostar. Reconozco que no pude dormir de inmediato, pero no quise encender la televisión ni el celular, hasta que me quede dormido.
Al despertar a las cuatro de la mañana, pensé que había sido una pesadilla, pero al revisar mi teléfono solo vi una alerta de batería baja, lo puse a cargar y comencé mi rutina, estiramientos, preparar mi comida en un termo y darme un baño, hacía todo en automático, estaba por sacar mi auto cuando un compañero me llamó para avisarme que pasaría por mí, acomodé mis cosas y esperé, hasta que el claxon sonò, eché a la mochila un par de mudas de ropa, dos manzanas, tres peras y un par de chocolates.
Al llegar al centro de trabajo en la autopista, nos notificaron que debíamos apoyar durante dos semanas en otro estado, a seis horas de camino, me ofrecí como voluntario, de todos modos, no quería regresar a casa, nos fuimos en dos ambulancias y la jornada estuvo muy activa, apoyamos en varios accidentes, lo cual me ayudó a no pensar en la ruptura, tras doblar turno por falta de personal, nos llevaron al hotel 24 horas después.
Cenamos algo ligero y nos fuimos a descansar, yo no podía conciliar el sueño, todo me la recordaba, por suerte, mi celular personal falló y dejó de encender, así que solo me quedé con el de emergencias. En la cama, los pensamientos me jugaron una mala pasada, recordé los altibajos de los años que estuvimos juntos y esa frase tan suya: “Es que siempre llegas tarde, incluso a mi vida”. Nunca entendí cómo podía decir eso si fuimos novios cuatro años, nos separamos dos años y volvimos durante tres años más, afortunadamente no tuvimos hijos, mi trabajo era demasiado demandante y no quería ser un padre ausente.
Pasaron cuatro semanas en las que el recuerdo me asaltaba en los momentos muertos, cuando no había nadie con quien conversar. El último día, un festivo, el turno comenzó con bastantes accidentes menores, faltaban 45 minutos para entregar servicio a los relevos, pero yo tenía un mal presentimiento, pensaba en el viaje de regreso, en dormir durante el trayecto e ir por una cerveza con mis amigos al llegar, sin embargo, tras dos horas en carretera, el supervisor nos despertó en la ambulancia: “Muchachos, levántense, se desbarrancó un autobús de pasajeros a 5 kilometros de aquì, parece grave, vamos a apoyar”, preparamos todo esperando lo peor.
Al llegar solo había una patrulla, iniciamos la atención de inmediato mientras veíamos a varios pasajeros subir por la ladera, abajo yacía el autobús destrozado, atendí a una señora de unos 55 años con múltiples fracturas, le hablaba para evitar que perdiera el conocimiento cuando, de pronto, el tiempo se detuvo, ella me miró y dijo “Señor, veo a una muchacha detrás de usted”. Sorprendido, le pregunté cómo era o si decía algo, la mujer sonrió y murmuró “Me dice que está en el kilómetro 68... necesita ayuda”, actué por instinto, pedí prestada una linterna y me dirigí al lugar, a pesar de que ahí ya habíamos auxiliado a tres personas muy lastimadas tras salir proyectadas del camión, algo en las palabras de esa mujer me empujó a buscar.
Solo se escuchaba el crujir de las ramas bajo mis botas, tras unos minutos buscando, bajé por la ladera y escuché unos quejidos, me aseguré a un árbol y comencé el descenso con la linterna, a diez metros vi un bulto que se movía, me apresuré ajustando mi línea de seguridad —que apenas alcanzaba los 20 metros— mientras le pedía que aguantara, que ya iba la ayuda en camino, notifiqué el hallazgo por radio y continué bajando por el terreno complicado.
Al llegar, me quedé helado, era Patricia, estaba muy lastimada, con respiración muy débil y múltiples fracturas evidentes, cuando sintió mi presencia, abrió los ojos, sus pupilas ya buscaban el infinito, pero intentaron sostener mi mirada, esbozó una leve sonrisa y me dijo “Ya ves... otra vez llegaste tarde. Gracias por todo”.
Cerró los ojos, dio un último suspiro y no volvió a moverse, me quedé a su lado, tomándola de la mano mientras se me escapaban las lágrimas, solo atiné a cerrar los ojos y susurrar “Pero es la última vez que llego tarde contigo”.

Sé que no has buscado el lado cómico, es más, la historia me ha gustado mucho en su escritura y narrativa, pero el final me ha sacado una sonrisa porque me ha recordado a todas esas mujeres que siempre quieren tener la última palabra en todas las conversaciones. Ganó la partida, claro, no puedes llevar la contraria a una ausencia.
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