Señor Julio

"Llámame el día que puedas,

date prisa que son

las cuatro y diez"


Después del divorcio, las cosas no me habían pintado bien, pero irónicamente, me sentía más liberado, veía a mis hijos con regularidad, nos encontrábamos en una cafetería y nos poníamos al tanto de lo que pasaba en nuestras vidas, era un tanto extraño porque, sin ponernos de acuerdo, sabíamos que los viernes a las siete de la noche nos veríamos ahí.

Yo no perdía la oportunidad de decirle a mi hijo el más grande, que la barista era muy bonita, él solo asentía, pero por fortuna no me preguntaba por qué insistía tanto, no habría sabido cómo explicarle que esa chica se parecía mucho a una exnovia que tuve antes de conocer a su madre.

Ese viernes dieron las ocho y mis hijos no llegaban, yo ya iba por mi segunda taza de café cuando la barista se acercó con un pastelillo de cuatro chocolates, justo cuando iba a decirle que no lo había pedido, pareció leerme la mente.

—Señor Julio, feliz cumpleaños. este pastel va por parte de la casa.

Le agradecí demasiado, tenía ganas de preguntarle cómo sabía que era mi cumpleaños, aunque era cliente frecuente desde hacía tres años, no recordaba haber pasado un cumpleaños ahí, sin embargo, no dije nada, solo acepté el detalle y seguí esperando.

Al terminar el café y el pastelillo, se acercó de nuevo a mi mesa.

—Creo que hoy sus hijos no van a acompañarlo, pero no se preocupe, yo me quedo un rato con usted, aprovechando que no hay mucha gente y que mi compañero le está enseñando a preparar bebidas a la chica nueva.

Agradecí mucho el gesto, no sabía qué decirle, así que comenzamos a platicar del trabajo, del clima y de lo extraño que había estado el día, después de un rato le dije:

—Perdón por decirte esto, no quiero que lo tomes a mal, tómalo como un cumplido, te pareces mucho a una exnovia que tuve hace poco más de veinte años, se llamaba Eunice, era de Guadalajara, pero ya tenía algunos años viviendo aquí cuando la conocí.

Ella se puso roja y me agradeció el comentario, comenzó a preguntarme por esa señora a la que se parecía, yo me entusiasmé platicándole, mientras le contaba, sentía que volvía a vivir aquellos momentos, ella escuchaba atenta y me preguntaba cada vez más, hasta que, en un momento, me dijo:

—Señor, ¿Por qué no se casó con ella? Por lo que me cuenta, se notaba que ambos estaban muy enamorados.

Fue entonces cuando recordé todo, pasé saliva y sentí que los ojos se me humedecían, pero no podía negarme a contestarle.

—Pues fíjate que, por mi trabajo, me tocó irme a Tijuana, habíamos quedado en que seguiríamos siendo novios, en ese tiempo nos mandábamos cartas y tardaban entre diez y doce días en llegar, pero hubo un momento en que le mandé tres cartas y no tuve respuesta, supuse que había conocido a alguien más. 

Por cuestiones del trabajo me mandaron una semana a capacitación acá, y decidí aprovechar la oportunidad, le compré un anillo de compromiso, al llegar, lo primero que hice fue ir a buscarla a casa de sus padres, pero no estaba, dejé el recado de que quería verla esa noche en un restaurante italiano giratorio, un lugar al que ella siempre había querido ir.

Estuve ansioso todo el día, no pude concentrarme en la capacitación, llegué al hotel, me vestí de traje, tomé el anillo y una carta, tenía la esperanza de que no faltaría a la cita desde que llegué le pedí a la hostess que me ayudara con la pedida de mano durante el postre.

Ella llegó siete minutos tarde, se veía seria, nos saludamos de beso y platicamos de cosas del trabajo, pedí una botella de vino que costaba varios días de mi sueldo, pero ella no quiso brindar, la sentía incómoda iba mucho al baño, aunque le pregunté qué tenía, me decía que nada.

Llegó el momento del postre y fue la pedida de mano, ella se alegró, pero casi de inmediato pero justo después salió corriendo, no me dio ninguna respuesta, yo me quedé ahí, triste y derrotado, no sabía qué hacer, pedí la cuenta de inmediato, sentía que todos me señalaban, pagué y me fui, después de eso, ya no supe nada de ella.

Cuando terminé de contarle a Julieta, así se llamaba la barista, me preguntó:

—¿Nunca revisó la última foto que ella le mandó?

Le dije que no, pero que todavía tenía esa fotografía, guardada detrás de una foto en un álbum que siempre llevaba conmigo.

Julieta me interrumpió:

—Eunice era mi madre, ella me contó antes de fallecer que lo vio a usted aquí, ella era la dueña de esta cafetería, no venía los viernes porque se ponía muy mal de verlo, hace un mes falleció y me contó la historia de ustedes dos.

Sacó una fotografía de su madre y de mí.

—Me dejó esta foto, me dijo que era la favorita de ustedes.

Tomé la fotografía y recordé de inmediato aquel momento.

—Sí, tu madre aquí era igualita a ti, estábamos en una clase extramuros porque la preparatoria estaba en huelga, esa foto la tomó mi mejor amigo, Pablo Núñez, le decíamos “el Campos”, porque se creía Jorge Campos, el portero mexicano, también nos distanciamos cuando me fui a Tijuana y nunca volví a saber de él.

Julieta, con lágrimas en los ojos, me dijo:

—Él era mi padre, yo no recuerdo nada de él porque nunca se hizo cargo, mi madre me contó que Pablo le dijo que usted ya tenía novia en Tijuana, y en una fiesta, mi madre, despechada, se acostó con él, después ya no volvió a tener contacto porque se dio cuenta de que era mentira que usted tuviera otra novia.

Me contó que, cuando fueron al restaurante italiano, ella ya estaba esperándome, tenía tres o cuatro meses de embarazo y se sentía muy incómoda por las náuseas, en la última foto que le mandó le explicaba lo que había sucedido con Pablo, pero como en las siguientes cartas usted no le decía nada de ese tema, sintió que ya no quería nada con ella, por eso dejó de responderle y se le hizo raro que la llevará al lugar donde tenían la promera de ir, pero hasta el último día de su vida, lo llevó siempre en su corazón, solo pensaba que usted nunca podría perdonarle esa traición.

En ese momento la tomé de las manos y, viéndola a los ojos, le dije:

—No te preocupes, Julieta, a tu madre siempre la quise, ahora entiendo porque mi exesposa me decía que yo venía a este café porque seguramente me veía con Eunice, pero yo nunca la vi, pensé que eran celos de ella, espero que hayas disfrutado mucho a tu madre.

Al llegar a mi casa, busqué aquella fotografía que atesoraba en el álbum familiar, detrás de una foto que tenía con un equipo de fútbol en el que jugué en Tijuana, me puse a leer el texto escrito al reverso, no sé por qué nunca antes me había dado cuenta de que tenía algo escrito.

Era su letra, era su sentir, era ella, mi Eunice, mi ratoncita.

 


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