YA ME JODI…
Tenía una extraña fascinación por arruinarlo todo. Me gustaba sentir que era yo la que podía destruir lo mejor de mi vida, y no alguien que juraba quererla escondiéndose en una máscara de tipo fiel. Si el final tenía que llegar, no sería ningún otro el que lo declarara. Me adelantaba a mis desgracias, suponía demasiado, y en cierto sentido había aprendido a encontrar placer en los amores fugaces. Conocí a muchos que aseguraron amarme. Si reuniera a cada uno de ellos en una misma habitación, seguirían queriéndome. Por supuesto que eso no era ningún problema. El asunto es que una vez resuelto ese propósito de alcanzar mi amor, me dejarían. Dirían: bien, yo ya he cogido con esa tipa, la verdad, nada especial, quizás algo fuera de lo común, pero una mujer al fin. Y yo aborrecía esos encuentros varoniles en los que los niños hacen cuentas de todas sus cogidas como si en cada una de ellas hubiesen practicado realmente el sexo, y no lo que yo consideraba una patética imitación porno de arlequines brincando y convulsionando sobre las mujeres. En cuanto a mi destino, la traía siempre en mis bolsillos; era un papel flexible e irrompible, que sacaba cada cierto tiempo para formarlo o deformarlo a mi manera. Nadie más dirigía el curso de mi tiempo y de mis afectos. Y si acaso alguna vez el amor se pareciera demasiado al verdadero amor: lo mejor es matarlo; no entrar ahí, a ese laberinto de locos. Prohibido tocar, diría en los ojos de aquel tipo. Y yo sabía escabullirme a esos acercamientos. Una vez me pasó algo similar y sentí miedo. Fue hace muy poco. Salí corriendo a buscar mi carro, y viaje en silencio hasta llegar a casa, luego de haber sentido que un sujeto me observaba en la fiesta, se había enamorado de mi. No lo juzgaba. Por eso cuando estuve segura en casa, subí a mi cuarto y me di una corrida como pocas. Qué hubiera pasado si le devolvía la mirada a ese hombre. Tendría que haberle hablado, pero luego qué. ¿Y si solo quería sexo? Eso tampoco era algo malo. Habría querido cogérmelo ahí mismo también. Pero luego de todo eso qué. El sexo, y en consecuencia, el placer que deja el sexo que se ha tenido con alguien por quien sientes algo en especial, es un arriesgado intento de ser dios. Todos quieren poseer el absoluto, como dueños del mundo. Pero en la vida no se puede tener todo, creía yo. Por que, o era el amor o era el sexo. Una mezcla de ello solo acabaría haciéndome sentir frágil, demasiado humana, y tan torpe cuando me tocara revelar cómo es realmente mi personalidad cuando amo y cómo son mis sentimientos si el miedo se ha diluido en mi vida momentáneamente. No. No quería correr el riesgo. Con los amores fugaces eso no pasa: en ellos hay imaginación, placer, sentimientos involucrados solo brevemente, y sobre todo la segura libertad de poder decir: bueno, chico, eso ha sido todo, adiós. Era como si una pudiera parar una canción a su antojo. En el amor, en cambio, la música suena ininterrumpidamente. Y es como una melodía tan sutil y encantadora, y también tan apasionante y excitante, que nadie desea que se acabe. Y no es que la música pare. Lo que sucede es que los tiempos cambian y la música también. La gente busca otras melodías, pero en sus almas nunca va ha deja de sonar aquella supuesta canción de sus vidas. ¡Ah, el verdadero amor es tan complicado!, pensaba yo, pero ahora ya me jodí….🖤∫☈☾🖤
Diste en el clavo con el poseer el absoluto. Efectivamente.
ResponderBorrarMe quede extrañado cuando lo leí, fue como una mezcla de muchos sentimientos, pero me encantó.
ResponderBorrarTe mando un abrazo de bienvenida Fanny.
Maravillosa entrada
ResponderBorrarVos si que sabes escribir
Lo mejor para vos para ti
y para el mundo
que se está muriendo
abrazos con besos